sábado, 31 de maio de 2008

Esas mujeres sufridas

Esas mujeres sufridas (Historia verdadera)

Mientras veo salir la copia del artículo publicado en un periódico brasileño sobre la opresión de algunas mujeres inmigrantes, en un país de Europa, me acuerdo de la historia de Ana, la chica de la limpieza de mi apartamento.
Una chica discreta, de esas que casi no hablan y, cuando lo hacen, jamás nos traen sus propios problemas. Joven y recatada. No como las compañeras, que se ponen blusas con escote nada discreto, tacones bien altos, a las cinco de la tarde, la hora de dejar el trabajo para irse a la casa.
No las critico, pero me parece rara tanta vanidad, pues vuelven a sus pobres casas en autobús sin comodidad ni elegancia. Además no tienen sueldos para consumir futilidades. Descubro, entonces, que í, que se pueden comprar, en algunas "favelas" de Rio de Janeiro, en las tiendas de un comercio ecléctico, imitaciones de las marcas conocidas, casi como en China Town o Little Italy, en Nueva York.
Ana tiene otra cabeza. No sé si por tener una familia de mayor educación formal, a punto de darle un nombre sencillo. Nada que ver con los exóticos nombres habituales en nuestra clase popular, mezcla del padre y de la madre, como Silvan (Silvio y Vânia), Rosenilda (Rosemeri y Nildo), imitación del inglés, como el propio Rosemeri, o junción de dos nombres en un solo, como Ericnilsson. Si a los papás les gusta el sonido, corren a registrarlo en la notaría que, a su vez, puede distorsionarlo un poco más.
Para que la madre trabaje en jornada completa de ocho horas, los dos hijos de Ana, un niño de dos años y poco y una niña de cinco, se quedan con la tía, hermana de la madre, hasta las siete u ocho de la noche.
Después, hay otros quehaceres esperando a las mujeres brasileñas de poco dinero: cocinar frijoles y arroz, arreglar el café con pan de la noche, planchar la ropa seca, lavar la sucia, limpiar el baño, servir al marido y a los hijos, mientras los hombres se exaltan con el fútbol en la TV. ¡Por que, cueste lo que cueste! tenemos la televisión!
Un día de la semana pasada, el portero del edificio me avisa por el teléfono interno: la chica tiene problemas, no puede hacer la limpieza. Inmediatamente, bajo al portal y hablo con el administrador.
- ¿Qué pasa? ¿Ana está enferma? ¿Puedo ayudar en algo?
- No, señora. Ella está muy magullada. El marido le dio una paliza y tanto.
- Pero, ¿por qué?
- Bebe mucho. El domingo, invitó a un amigo al almuerzo y, por supuesto, a beber unas cervezas. De repente, al hombre se le metió en la cabeza que su mujer sonreía demasiado al visitante. El muchacho no era ningún seductor, pero tiene solo veinte años...
- Ana es una muchacha decente. ¡Qué absurdo!
Casi no escuchaba los susurros del administrador, tapándose la boca con la mano derecha, lo que me dejaba un cierto malestar, lo confieso. Hay una ética implícita entre empleados y patrones de mi edificio, por más liberales y modernos que seamos: un muro de respeto. Así que no me gusta ser la confidente de las aventuras y desventuras de esos empleados, sobretodo, en asunto de tal privacidad, a la vista de otras personas. Me gustaría saber de la chica, con mucha discreción.
Al día siguiente, la chica aparece con evidencias del incidente: uno u otro magullado en la frente, cerca del
ojo derecho, varias moratones, un hombro roto, el brazo derecho en cabestrillo. Imposible trabajar en condiciones tan difíciles. Le pregunté indignada:
- ¿Qué porquería de marido es ese? ¡Ese hombre está loco! ¿Qué vas a hacer ahora?
- No sé. Mi marido no quiere salir de casa y me ha dejado en la calle con los niños. Estoy desesperada.
Dos días más sin verla. Al tercer día, finalmente, llega a mi apartamento, sin decir palabra, como de costumbre. Veo una expresión más tranquila en el rostro:
- ¿Entonces, como estás? ¿Y tus hijos, los pobres? ¿Fuiste a la policía?
- Bien, señora. Tan pronto salí del doctor que me examinó las contusiones, una vecina me ofreció su casa para dormir cuantos días fuesen necesarios, hasta que la situación se calmase. Pasamos la noche en su casa y, por la mañana, yo pensé: “Ya sé lo que voy a hacer. Voy a hablar con el jefe del tráfico de drogas; mejor, mucho mejor que la policía"
El jefe-mayor del trafico de drogas, en nuestras "favelas", es el "protector" de los habitantes, por tradición. Pero no admite escándalos Hace justicia de acuerdo con sus principios, protege a quien se lo pide, desde que sea en voz baja. Tiene a los habitantes en sus manos.
Uno de los obreros de mi casa, tenía el hábito de discutir con la mujer a gritos. El jefe se acercó al hombre.
-¡Si sigues así, tendrás lo que mereces! ¡No quiero saber de policía acá!
Meses después, el obrero se borró de nuestras vistas, para siempre.
El bandido del caso Ana, un joven, como son casi todos los del narcotráfico, inmediatamente agarró un revolver y acompañó a la chica, diciendo al marido furioso, con voz de comando, que dejase a la mujer en paz, que ella volvería a la casa con los niños aquel mismo día, y él tenía que salir. ¡Y qué no se atreviese a protestar!
Desde entonces, Ana está tan contenta que canturrea, mientras limpia mi habitación Creo que se va olvidando del problema y del marido. Cuando le pregunto por futuros compañeros, Ana baja la cabeza y afirma:
- No, señora. ¡Compañero, nunca más! Los hombres son todos iguales. Estoy harta de sufrir. Soy libre ahora.
- Ana, cuidado para que no te enamores del jefe o de uno de los bandidos. Es una maldición. Sé de casos y casos terribles.
- No, señora. Tengo mucho cuidado con mis hijos. ¡No quiero saber de hombres!
La verdad es que, desgraciadamente, todo se soluciona más rápido con los bandidos, pero no puedo olvidarme de lo que los traficantes hicieron con la hija de una criada de mi familia. Una chica también discreta y afiliada a una iglesia evangélica. Se enamoró de uno, de cerca de su casa, que le regalaba cosas preciosas, la cercaba de cariño. Un caballero raro.
Un cierto día, la chica lo esperó hasta muy tarde y él, nada. Preguntó por él a todas las amigas. Se callaron, menos una, que no sabía ocultarle nada. El "novio" tenía otra amante, de quince años, no más.
La joven despreciada decidió subir a la casa del bandido, por primera vez., lo que era prohibido. Fue la última. Como una bestia enfurecida, el muchacho avanzó sobre ella. Atándole los brazos y las piernas, la cargó en las costas hasta el punto más alto de la loma, y la quemó viva, ayudado por otros compañeros. La pobre madre recogió las cenizas y se mantuvo en silencio, así como el padre y las hermanas. ¡Cállate, boca! ¡Ciega, sorda y muda, sí señor!
“Ana, querida, los bandidos son plagas. Hay que vacunarse a tiempo y mantener la distancia. Y cuando, por mala suerte, los encuentres, no les de razones de quejas. La quejas pueden venir con plomo Huye de los ojos tiernos. Si alguno de ellos te miran con cariño, seguro que sigue tormenta. No los mires de vuelta ¡vale!”
Maria Lindgren

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Um comentário:

adynata disse...

Uau, como eu curti esse seu texto em espanhol, Maria! Mas uma perguntita só não ofende: "Por qué"??? (El marido le dio una paliza y tanto) Alguma coisa justificaria isso?
Beijos

Lento..., extrato de poema de Natercia Freire

" Estou no fundo ou estou nos cimos?
Estou morta ou estou a sonhar?
Tenho as mãos presas nos limos
ou molhadas de luar"


Boas-vindas

Minha gente querida
Agradeço muito a visita a meu vício mais atual de escrever.
Que gostem e me perdoem os errinhos. Sou uma velha novata.
Maria Lindgren